Así como el tabernáculo tenía 3 partes donde habitaba Dios: atrio, lugar santo y lugar santísimo, nosotros somos seres tripartitos: cuerpo, alma y espíritu. ¿Qué es el alma? Es la parte de mí, que piensa, elige y siente. Mi mente, mi voluntad y mis emociones.

Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
Salmos 23:2
Cuando tenemos una herida en el cuerpo y no se le da oportuno manejo, esta puede infectarse y causar dolor produciendo estados febriles que afectan todo el cuerpo. Así mismo ocurre cuando no le damos tratamiento oportuno y rápido a las heridas del alma, nos pueden llegar a causar enfermedades tanto mentales, emocionales, como físicas. El alma es muy fácil de dañar pero no se puede restaurar algo si no sabemos lo que causa el problema, Dios quiere que reconozcamos las causas:
1. RESENTIMIENTO
El resentimiento es una ira guardada en el corazón por algún mal trato, ofensa, insulto o agravio; haya sido este verbal o físico, cuando hay resentimiento eres tú quien se hace daño con tu propio enojo, solamente te lastimas a ti mismo, es como tomar veneno y esperar que haga daño a los demás o tomar fuego y esperar que esa persona se queme. Vivir con resentimiento es insoportable: consume tu energía, tu mente y tus conversaciones se tergiversan. Una persona ofendida es dura de tratar.
En tu vida te van a herir por qué no estamos en el cielo, todos aquí en la tierra estamos quebrantados, nos equivocamos y somos imperfectos, algunas veces vamos a ser heridos o vamos a herir a alguien, prepárate para que algunos sean injustos contigo, prepárate para decepcionarte de las personas más cercanas a ti, el enfoque no es la herida, sino cómo respondemos ante el hecho de ser heridos. Una persona que se acuesta herida, se levanta enojada; se acuesta enojada, y se levanta resentida; se acuesta resentida, y se levanta amargada”
“No tomen venganza, queridos hermanos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré» dice el Señor.” Romanos 12:19 Cuando alguien nos hiere podemos soltarlo o comenzar a darle vueltas en nuestra cabeza preguntándonos cómo podemos desquitarnos para estar a mano, cuando alguien te hiere eso lo pone por debajo de ti, cuando intentas tomar venganza a desquitarte te estas rebajando a su nivel, en cambio, cuando decides perdonar te pones en un escalón moral por encima de dónde estabas.
Uno de los alimentos del resentimiento es el orgullo: “Perdono pero no olvido. Perdono… a medias. Perdono… por etapas”. Las personas que te hirieron no se merecen tu perdón pero tú tampoco mereces el perdón de Dios, sin embargo él te ha perdonado por su gracia y misericordia. No perdonamos porque la gente lo merezca, perdonamos porque es una decisión que elijo tomar, no vale la pena cargar con el dolor y el resentimiento, quedarse enfrascado no va a cambiar las cosas y solamente te haces daño a ti mismo. Ser libre del resentimiento es una decisión voluntaria. Dios nos ordena a tomar decisiones en nuestro carácter y perdonarnos unos a otros. “Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” Efesios 4:31-32 Perdonar demuestra quienes somos en Cristo.
El rencor o resentimiento, las heridas o decepciones del corazón, provocan separación, generan pérdidas y llegan a generar tanto odio que la venganza se convierte en una obsesión. La Biblia expone muchos casos respecto a este tema, por ejemplo la problemática de Esaú y Jacob. “A partir de ese momento, Esaú guardó un profundo rencor hacia su hermano por causa de la bendición que le había dado su padre y pensaba: «Ya falta poco para que hagamos duelo por mi padre; después de eso, mataré a mi hermano Jacob»”. Génesis 27:41 Esaú consentía en su corazón el deseo de venganza y resentimiento, él planeaba matar a su hermano Jacob. Finalmente estos hermanos sanaron (con la ayuda de Dios) su dolor y sus heridas, restaurando así su relación familiar. Dios es sanador y restaurador por excelencia.
2. LA CULPA
La vida bajo una carga de culpa no es la vida abundante que Jesús vino a darnos. La culpa nos roba la alegría, obstaculiza nuestra productividad, interrumpe nuestra paz, daña nuestras relaciones. Sabemos que no siempre hacemos lo correcto, que hemos lastimado a otros, que hacemos cosas egoístas, hay veces que decimos cosas muy hirientes a las personas que amamos, todos hemos sido irresponsables, todos nos hemos equivocado alguna vez. Dios no quiere que vivas con una pesada culpa por toda la irresponsabilidad en tu vida. La culpa destruye tu confianza, daña tus relaciones, te mantiene atorado en el pasado, y hasta daña tu salud. Mi culpa me abruma; es una carga demasiado pesada para soportar. Mis heridas se infectan y dan mal olor a causa de mis necios pecados. Me retuerzo atormentado por el dolor; todo el día estoy lleno de profunda tristeza. Salmos 38:4-6 NTV
Hay dos clases de culpas, las culpas reales: La culpa real es producida por el pecado. Donde hay pecado, hay culpa. Siempre es así. ¿Por qué? Porque todo pecado, cualquiera que sea, es rebeldía contra Dios. Es hacer lo que nos parece mejor sin importarnos su voluntad. Como el pecado es algo real, la culpa que sentimos cuando pecamos también es real. Transgredimos su ley, pecamos contra su santidad y lo sabemos.
La segunda son las culpas falsas: Culpas sin relación con el pecado generadas por terceros o autoprovocadas. Por ejemplo, sentir que Dios nunca olvidará los errores del pasado, alguien muere o nos abandona y sentir que no lo tratamos como deberíamos haberlo hecho o no hicimos lo suficiente. Toda mentira de Satanás es vencida con la verdad de Dios.
Es posible ser culpable sin sentirse culpable. Es posible sentirse culpable sin ser culpable. Y obviamente, es posible ser culpable y sentirse culpable. Dios nos ha dado la conciencia para que podamos examinarnos a nosotros mismos, puedes esconder muchas cosas que has hecho a los demás pero no las puedes esconder de Dios, tampoco las puedes esconder de ti mismo y cuando intentas esconder algo, tarde o temprano comenzará a comerte desde adentro, entonces ¿qué hacer con la culpa que tienes hoy?
Solamente una cosa funciona para deshacerte de la culpa: Confiesa tus pecados, y confía en el perdón de Dios. La confesión significa estar de acuerdo con Dios. “Tú estás bien, Dios. Yo estoy equivocado.” Esa es la bondad de Dios. Jesús toma todas tus culpas sobre Él mismo. Él te da bondad también llamada justificación. Tú alma rota vuelve a ser completa en Él. La Biblia dice en Isaías 53:5 y 6, “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades . . . Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros” (NVI). Cuando Jesús murió, Él cubrió todos tus pecado y los lanzó a la parte más profunda del océano y puso un letrero que dice “No pescar”. “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.” Isaías 43:25 Si tú has confesado tus pecados ante Dios, ¿por qué los sigues arrastrando cuando Dios ya lo perdonó y se olvidó de ellos?
Con la primera confesión sincera Dios nos oyó y nos perdonó totalmente. Es un asunto de fe y no de emociones.
1) Confiesa a Dios en oración, cualquier pecado que esté en tu conciencia.
2) Pídele a Dios que te ayude a ver cualquier cosa en su vida que necesite ser confesada y cambiada.
3) Recuerda que Dios ha prometido perdonar tu pecado y quitar tu culpa por medio de la sangre de Cristo.
4) Cuando la culpabilidad todavía te ataca, incluso después de haber confesado y abandonado tus pecados, esos sentimientos son una falsa culpa. Recuerda que Dios ha sido fiel a su promesa y te ha perdonado.
Después de lidiar con el pecado y la culpa, debemos seguir adelante. “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” Filipenses 4:8
3. EL DUELO
La tragedia siempre produce emociones fuertes: enojo, temor, depresión, preocupación y algunas veces culpa. Estos sentimientos pueden atemorizarnos, y a menudo no sabemos qué hacer con ellos. Cuando hemos experimentado una gran pérdida, estos enormes sentimientos crecen como una burbuja dentro de nosotros. Si no lidiamos con ellos ahora, nos tomará mucho más tiempo recuperarnos. Algunas personas nunca tratan directamente con el dolor en la vida. Ellos lo disfrazan. La reprimen. Pretenden que no está ahí. Ellos actúan como si no existiera. Y ese es el por qué ellos todavía están lidiando con el estrés emocional de pérdidas que ocurrieron hace 20 o 30 años atrás.
Hay un mito que dice que cuando tengas una pérdida Dios quiere que camines con una sonrisa en tu rostro todo el tiempo diciendo: “Estoy feliz” La Biblia no dice eso en ningún lugar. De hecho, Jesús enseñó exactamente lo opuesto. En Mateo 5:4, Él dice, “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” ¿Qué hacer con tus sentimientos? No los reprimas o los encubras en lo profundo de tu ser. Libera tu dolor primero para que Dios pueda comenzar a sanar tu corazón. Está bien llorar, está bien tener duelo. “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová.” Salmos 34:18-19
El duelo, la pérdida y el dolor son una parte inevitable de la vida, es algo natural, es algo que pasa en nuestras vidas. Pero ¿sabías que Dios usa nuestro dolor para ayudarnos a crecer? Lo hace de tres maneras.
Dios usa el dolor para llamar nuestra atención.
“Dios nos susurra en nuestro placer, pero nos grita en nuestro dolor”. El dolor es el megáfono de Dios. Rara vez cambiamos cuando vemos la luz. Cambiamos cuando sentimos el calor.
Él saca algo bueno de lo “malo”.
Uno de los versos más famosos de la Biblia es Romanos 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Cuando experimentas una pérdida, es una oportunidad para crecer en carácter. Tú no puedes controlar por lo que estás pasando, pero puedes decidir si te va a amargar o si te va a mejorar. Hay que recordar que incluso en tu dolor, Dios está obrando para tu bien.
Dios nos prepara para la eternidad.
Dios está más interesado en el desarrollo de tu carácter que en tu comodidad. ¿Por qué? Porque tú estarás cómodo en el Cielo, pero el tiempo aquí en la tierra es la etapa para prepararse. Esta es la etapa de aprendizaje. Tus problemas aquí en la Tierra te están alistando para la gloria.
El mejor ejemplo de cómo Dios transforma el dolor en gozo es la resurrección de Jesucristo. Después de ser crucificado, los discípulos de Jesús pasaron dos días por el miedo, el dolor y la pena más profunda que cualquiera pueda experimentar. Aunque Jesús prometió a sus discípulos que regresaría de entre los muertos, ellos no pudieron comprender la realidad de eso a través de su dolor. Pero una vez que los discípulos vieron a Jesús resucitado, comprendieron que el pecado y la muerte habían sido derrotados. Fueron liberados de sus miedos y ansiedades y volvieron a encontrar alegría y gozo.
Cuando las personas duermen en Cristo, sabemos que irán al cielo, así que no debemos tener duelo como el mundo. Nuestro duelo puede ser diferente. Tenemos luto porque los vamos a extrañar, pero también podemos estar en paz porque sabemos que ellos están con Dios. “Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza. ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él.” 1 Tesalonicenses 4:13-14 ¡Qué esperanza tenemos en el Evangelio de nuestro Señor Cristo Jesús! No hay razón para sentir angustia prolongada del corazón y de la mente. El ser querido no está muerto, solo dormido por un corto período. Lo veremos nuevamente pronto.
Esta es la paz que nos da el Señor para poder restaurar nuestra alma, vivamos cada día en la bondad del Señor, Dios siempre es bueno todo el tiempo.